Mi muerte de Marat II. Jhon Faltovich 2010
Extracto de DIBUJANDO EL OLVIDO de Jhon Faltovich.
Apenas habían pasado 30 segundos y ya no recordaba nada del ultimo beso. Abriendo bien los ojos, en un gesto inequívoco de sorpresa, buscaba entre su cabeza los signos memorísticos que le enlazaran a aquel sujeto. Con una sensación lejana al miedo y cercana a la desidia, se ajusto el cinturón y se fue.
Nada mas salir del baño, un joven Narciso se le acerco bailando insinuantemente y sin mas meditación que dos tequilas, acabaron ocupando la plaza reservada al olvido en aquella discoteca.
Todavía no había terminado su acompañante el intercambio de caricias, cuando Jesús volvió a salir del mismo baño y con idéntico rostro. Se limpio el sudor de la cara en el lavabo y comenzó su camino de seducción.
Ni tan siquiera esperó que su anterior amor hubiera abandonado el nicho para volver a entrar. Esta vez su Romeo era mucho mayor que él, aunque se conservaba muy bien. Esté se volcó sobre su entrepierna, limando lentamente cualquier resquicio de pasado. Las piernas le temblaban y el tronco se le encorvaba hacia atrás con ritmo eléctrico. La corriente le recorría toda la columna transmitiéndole ese dolor insoportable que produce el placer. Pero los milagros solo pasan los Jueves de Bardem y Jesús no lograba eyacular por tercera vez en 20 minutos. Era humano...
Con rabia empujo su cara y volvió a salir a la pista con unos sospechosos billetes en la mano. Se acerco a un joven larguirucho que le sonreía. Era normal... lo único que se podía hacer ante aquella mirada traviesa. Una vez mas se acercaron al baño, pero algo se cruzo en su camino.
Los últimos amantes de Jesús, esperaban ansiosos al joven transportista de besos. Lo empujaron y con la justicia frecuente de la fuerza, tomaron a Jesús contra las paredes de su oficina.
Uno tras otro se fueron cobrando en carnes su ofensa, mientras el resto se ocupaba de la fachada delantera.
Cuando acabaron, el metro cuadrado del inodoro parecía mas un cuadro de Pollock que la posada de un Don Juan. Jesús languidecía en el suelo, como una carpa recién pescada flota en su propia humedad. Pero entre la carnicería volvía a brillar una sonrisa.
La policía lo quiso llevar a casa, pero no tenían donde. Jesús no recordaba a quien amaba, si había disfrutado, si algo le dolía, si sangraba... Y por supuesto no recordaba donde vivía. Con su enfermedad, lo único que recordaba era que no se podía olvidar de vivir.